Introducción-Una frontera desconocida en la Sierra Gorda
Ultimo cerro que flanquea al oeste al Sótano de El Barro.
En el corazón de la Sierra Gorda se alzan montañas y paisajes de una belleza inigualable. Aquí, la naturaleza ha creado escenarios donde los bosques de niebla se desdibujan en el horizonte y las cumbres atrapan la humedad, dando vida a un ecosistema tan diverso como extraordinario.
Fue en octubre de 2024 cuando tuvimos nuestro primer encuentro con estas majestuosas montañas, enclavadas en los límites del municipio de Atarjea, Guanajuato. En años anteriores habíamos prospectado otras zonas cercanas en busca de cavernas y sótanos inexplorados: las altas cumbres de El Durazno, los valles y mesetas de Xichú en Pinalito de Palomas, así como el Cerro del Oro (Cristo Rey), entre otras.
Sin embargo, aún quedaba una zona pendiente de explorar: un sector al oeste del Sótano del Barro que aparece en mapas de publicaciones espeleológicas como “inexplorado” (Las cavernas de la Sierra Gorda, Carlos Lazcano Sahagún. Universidad Autónoma de Querétaro, 1986).
El descubrimiento del Sótano - Cuando la montaña revela sus secretos
Bajo la superficie de estas montañas, el plegamiento y levantamiento de la Sierra Gorda han esculpido abismos imponentes a lo largo de sus grandes fracturas. Uno de ellos, el Sótano del Barro, es mundialmente famoso tanto por sus dimensiones como por ser el hábitat de la guacamaya verde (Ara militaris).
Los habitantes de las comunidades de El Cerro Prieto y El Charco nos recibieron con amabilidad y nos permitieron el acceso a sus tierras para alcanzar las grandes elevaciones y los valles que conforman estos parajes de roca caliza. Tras prospectar y descender varios sótanos en los alrededores —como el Sótano de la Cantera y la Cueva del Presidio, entre otros—, continuamos con las exploraciones en lo más alto de la sierra, particularmente en el Cerro del Ojo de Agua: una imponente montaña de roca caliza que se eleva hasta los 2,300 m s. n. m. y que flanquea al oeste al Sótano del Barro.
Después de varias salidas de prospección, un buen día, tras una caminata de más de tres horas y en compañía de un habitante de las localidades, localizamos en lo alto del Cerro del Ojo de Agua —en su ladera norte— un profundo sumidero: una grieta alargada por la que la montaña ha engullido las aguas superficiales durante milenios. Habíamos encontrado la entrada del Sótano del Rincón.
Nombrado así por su ubicación en un hermoso paraje de pinos y encinos que crecen sobre un hundimiento del terreno en la cara norte del cerro, este sitio es conocido localmente como El Rincón.
Impresionante caverna a cielo abierto: El Sótano de el Barro desde las montañas de Atarjea.
Primer Descenso - Internándose en lo desconocido
Primer descenso al pozo de entrada del Sótano del Rincón del Cerro del Ojo de agua
El primer descenso se realizó en noviembre de 2024, cuando localizamos la entrada y contábamos únicamente con una cuerda de 50 metros para atacar el pozo inicial. Fue un descenso rápido y, en medio día, logramos alcanzar el fondo del tiro de entrada.
En aquel momento no sabíamos qué nos esperaba ni la profundidad real de la caverna, ya que, hasta la fecha, no existe ninguna descripción documentada: se trata de una caverna virgen e inexplorada en la Sierra Gorda.
La alargada fractura alberga un salón de entrada de aproximadamente 50 metros de altura, medidos desde la dolina que lo contiene hasta el fondo de una rampa compuesta por rocas y lodo en su parte inferior. En sus paredes se aprecian coladas y escurrimientos formados durante milenios por el flujo de arroyos superficiales, los cuales han ensanchado y decorado el interior del sótano.
Continuamos el recorrido descendiendo por la rampa, que conduce a un paso estrecho. Más adelante, tras franquear este punto, se abre un pozo cuya bóveda está adornada por una estalactita que cuelga imponente hacia el vacío.
En esa primera incursión llegamos hasta ese punto, ya que no contábamos con más cuerda para continuar el descenso.
Exploración - Explorar no siempre depende únicamente de la montaña
Pasaron los meses y, ansiosos por regresar a continuar la exploración de la caverna, practicábamos en otros sistemas de la Sierra Gorda y la Sierra de Álvarez para prepararnos para el mundo vertical de penumbras que nos aguardaba.
Llegó diciembre de 2024 y regresamos a la zona para continuar la exploración. En esta ocasión, con el apoyo de un par de habitantes de la localidad, logramos ascender con equipo de campamento, cuerdas, comida y agua suficientes para cuatro días de estancia en lo alto del Cerro del Ojo de Agua, a un costado del Sótano del Rincón.
Una vez instalado el campamento y tras haber descansado de la exigente caminata de ascenso, dedicamos el primer día a montar el tiro de entrada. Anteriormente se habían utilizado anclajes naturales —una enorme rama que cruza la boca del sótano a lo largo de su eje mayor—; sin embargo, para evitar riesgos de derrumbes o desprendimientos, se colocaron dos anclajes tipo bolt en la pared del sótano, aproximadamente a 10 metros por debajo de la rampa de entrada. Desde este punto, la cuerda desciende en caída libre unos 33 metros hasta el fondo.
"Costaleando" equipo y cuerdas por la boca del sótano para el armado de la caverna.
Durante tres días de descensos y ascensos, cargando equipo, se logró también equipar el pozo que sigue después del paso estrecho. Fue necesario instalar otro anclaje en su cabecera, buscando el punto más sólido posible, ya que el salón se encuentra cubierto de concreciones y paredes formadas por conglomerados. Con ayuda de un distanciómetro láser se estimó una profundidad cercana a los 45 metros, que se internan en un gran vacío y se amplían desde la estrecha boca superior.
Debido al tiempo limitado, decidimos continuar la exploración en una ocasión posterior, dejando parte de las cuerdas instaladas en el fondo y en el pozo de entrada, protegidas dentro de un saco y cubiertas con plástico.
La siguiente salida fue programada para Semana Santa (abril) de 2025. Gracias a la buena relación que habíamos desarrollado con los habitantes de la comunidad, llegamos como de costumbre a la casa de la señora H., quien nos recibió con la misma amabilidad de siempre y con un buen guisado preparado con ingredientes tradicionales de la región. Como en cada ocasión, acordamos dejar el automóvil frente a su propiedad mientras pasaríamos cinco días en lo alto del cerro.
Sin embargo, como suele suceder en comunidades poco acostumbradas a recibir visitantes, nuestras constantes visitas comenzaron a llamar la atención de otros pobladores. La curiosidad creció al vernos llegar con mochilas, equipo y provisiones. Para generar confianza, incluso compartimos con los habitantes imágenes y explicaciones sobre nuestras exploraciones, dejando claro el carácter deportivo de nuestras actividades.
No obstante, en meses recientes se había nombrado a un nuevo comisariado ejidal, el señor P., quien comenzó a mostrarse incómodo con nuestra presencia. Su inconformidad parecía surgir del hecho de que nuestros anfitriones —la señora H. y su hijo, el señor A.— fueran quienes nos brindaban apoyo y recibieran los beneficios de nuestras visitas.
A pesar de que nuestros anfitriones nos alentaban a ignorar esas actitudes, la situación se mantenía tensa. Al día siguiente de nuestra llegada, mientras iniciábamos la caminata de subida por la sierra, nos encontramos con el señor P., quien nos advirtió que no debíamos pasar la noche “fuera de su vista”, insinuando incluso la posibilidad de llamar a la policía.
Aunque decidimos continuar con el plan, esa noche —ya instalados en el campamento e iniciando el equipamiento— estuvo marcada por la incertidumbre. No queríamos generar conflictos ni perjudicar a quienes tan generosamente nos habían apoyado. Por ello, tomamos la decisión de descender al día siguiente temprano al pueblo, desmontando el campamento y cargando nuevamente todo el equipo, alimento y agua.
Al mediodía llegamos a la casa de nuestros anfitriones y, para sorpresa nuestra, poco después apareció el comisariado. Su intención de verificar nuestra ubicación se frustró al encontrarnos ahí como si hubiéramos pasado la noche en casa. Haber seguido sus “indicaciones” ayudó a distender la situación, permitiendo que la relación con nuestros anfitriones se mantuviera en buenos términos.
Como consecuencia, en esa primavera de 2025 no fue posible continuar la exploración del sótano. Aprovechamos los días restantes para recorrer el accidentado camino de terracería que conduce a La Florida (Arroyo Seco, Querétaro), donde visitamos a otros viejos amigos y anfitriones de estas remotas montañas.
Una grieta en la penumbra - La caverna continua...
Tuvimos que esperar hasta la primavera de 2026. En abril ya estábamos preparando nuevamente el equipo y los víveres para continuar la exploración de esta caverna virgen: el Sótano del Rincón del Cerro del Ojo de Agua.
Habíamos intercambiado previamente teléfonos con la hija de nuestra anfitriona, la señora H., y, tras mantenernos al tanto de la situación en la comunidad y recibir el visto bueno para regresar, nos dirigimos una vez más a lo más profundo de las montañas de Atarjea.
Con los ánimos más calmados por parte del comisariado y de otros habitantes que veían con recelo nuestras visitas, pudimos instalarnos en nuestro vehículo, donde dormimos la noche previa al ascenso. Desde el inicio, la familia de la señora H. nos abrió las puertas de su hogar, incluso ofreciéndonos un cuarto; sin embargo, para no incomodar, preferimos dormir en la camioneta, algo a lo que ya estamos acostumbrados.
Así comenzó una nueva etapa de la exploración. Muy temprano, al día siguiente, nos encontramos ascendiendo nuevamente por las laderas del majestuoso Cerro del Ojo de Agua, cuyas cimas rozan las nubes, abriéndonos paso entre la vegetación y los senderos apenas definidos de estas montañas.
Esta vez contábamos con cuatro días completos para avanzar. Con los anclajes ya instalados y el camino de descenso reconocido, progresamos rápidamente hasta el pozo que había quedado pendiente. Después del paso estrecho, la fractura interna de la montaña se precipita en un abismo colosal. La caverna se ensancha y una corriente de aire asciende desde las profundidades, anunciando la inmensidad del espacio que comienza a abrirse bajo nuestros pies. Es la naturaleza revelando, en silencio, la escala de sus propios procesos.
Durante tres días repetimos el ritual de descender y ascender transportando material. Es el costo inevitable de explorar una cavidad desconocida en una región remota, y más aún haciéndolo en pareja. El cansancio se acumula, y cada movimiento exige atención absoluta en estos ambientes inhóspitos.
Parte superior del segundo pozo por donde el Sótano del Rincón se introduce aún más en la montaña.
Gran fractura en el interior de la montaña por donde asciende una fuerte corriente de aire.
Finalmente me encuentro al borde del pozo inexplorado. Un par de anclajes naturales y un bolt en la base permiten que la cuerda caiga libre hasta desaparecer en la oscuridad. El aire asciende cargado de finas partículas, dificultando ver el fondo.
—El tiro debe tener unos 50 metros… me quedan 60 de cuerda, tendría que alcanzar— pienso, mientras me incorporo sobre la saliente que forma la cabecera del pozo, adornada con múltiples estalagmitas de tonos ocres.
Me detengo. Decido primero comprobar. Ato al extremo de la cuerda una potente lámpara de 1000 lúmenes y comienzo a descenderla lentamente. A medida que baja, la luz revela las paredes de esta vertical virgen, escondida en lo profundo de la montaña. La iluminación deja ver con claridad que la fractura continúa y que, a mitad del descenso, el espacio se amplía aún más.
Las enormes dimensiones, sumadas a la corriente de aire ascendente, confirman que se trata de un sótano profundo. Además, su cercanía —a apenas unos kilómetros— con el Sótano del Barro, cuyo desarrollo vertical ronda los 500 metros, refuerza esta suposición.
La lámpara sigue descendiendo, iluminando repisas formadas por grandes y bellas coladas de calcita. De pronto, la luz se detiene: la cuerda se ha terminado. Queda suspendida en el vacío. El pozo supera claramente los 60 metros.
Decido descender para confirmar. Mientras bajo, observo cada detalle: formas esculpidas por el agua durante milenios en la oscuridad absoluta. Alcanzo una repisa formada por extensas coladas cristalinas, bajo las cuales se extiende un piso lodoso. La rampa continúa y se interna aún más en la montaña, pero la cuerda no alcanza el fondo.
El tiempo comienza a agotarse. Aunque narrarlo parece sencillo, desmontar, rearmar la ruta y reemplazar las cuerdas para alcanzar el fondo implicaría varios días adicionales, especialmente siendo solo dos personas enfrentando la profundidad de estas montañas.
La exploración queda inconclusa… por ahora. Pero la mente permanece allá abajo, atrapada entre esas penumbras, en ese vacío modelado por agua y roca durante miles de años.
Cierre - Reflexiónes
En el descenso al Sótano del Rincón hemos superado la barrera de los cien metros de profundidad en un abismo que jamás había sentido el paso del ser humano. La naturaleza nos sobrecoge con su belleza, pero también se mantiene celosa de sus misterios.
Durante nuestras estancias en estos hermosos parajes serranos, hemos conocido personas cuyo conocimiento de las montañas y de la naturaleza de esta región es profunda. Un hombre de edad avanzada, rebosante de anécdotas y sabiduría, nos compartió que ya había visto, en su juventud, la entrada del Sótano del Rincón. Recordaba también que, décadas atrás, un grupo de exploradores había recorrido el Cerro del Ojo de Agua sin lograr encontrar la entrada de la caverna.
Además, nos habló de otros sótanos que parecen igualmente profundos; uno en particular, ubicado en la base del mismo cerro y por encima de una laguna. “Por ahí se mete toda el agua y sale hasta Santa María de Cocos…”, nos aseguró con ese tono sereno que solo otorgan los años. Ya hemos visitado ese sitio, y promete también ser de gran profundidad.
Quién sabe qué otros secretos laten bajo estas montañas, cuántos laberintos han sido moldeados en la inmensidad de los milenios… un tiempo profundo en el que nuestra existencia es apenas un suspiro, un rastro fugaz que se disuelve, como las nubes entre estas montañas.
Descenso por el abismo de entrada del Sótano del Rincón.
Ascenso por las laderas del Cerro del Ojo de Agua, una de las elevaciones más altas de Atarjea en la Sierra Gorda de Guanajuato.
Topografía parcial del Sótano del Rincón
Atarjea, Sierra Gorda de Guanajuato.